l buen vivir constituye un paradigma de
sociedad sustentable basado en el acoplamiento equilibrado y equitativo
entre economía y naturaleza, de tal suerte que la “vida entera” esté
garantizada para la especie humana. Y aquí cabe una precisión
fundamental: en una relación de reciprocidad entre seres humanos y
naturaleza, la especie humana al garantizarse a si misma su continuidad
garantiza la supervivencia de todo lo demás facilitando que los
encadenamientos tróficos fluyan sin quebrantos y los ecosistemas
mantengan su equilibrio y así puedan cumplir su misión ecológica de
sustentar toda forma de vida; es digamos un circulo virtuoso de ecología
viva.
Implica a su vez deshacernos de visiones aparentemente
novedosas sobre sustentabilidad y sostenibilidad, pero que buscan más la
sostenibilidad del capital que de la naturaleza, por ello, Escobar
señala que “En el Tercer Mundo, el discurso del desarrollo sostenible
redefine al medio biofísico como "ambiente", y concibe a éste como una
reserva para el capital. Más aún, dentro de este discurso es imposible
hablar de naturaleza como construcción socio-cultural. La "naturaleza"
desaparece al ser reemplazada por el "ambiente"; se declara así la
muerte semiótica de la naturaleza como agente de creación social. Al
mismo tiempo, el desarrollo sostenible reduce la ecología a una mayor
forma de eficiencia. Se trata ahora de producir más a partir de menos, y
con mayor racionalidad.
Por otro lado, la biotecnología se erige
como encargada de asegurar el uso eficiente y racional de los recursos.
En los últimos años, las comunidades locales y los movimientos sociales
están siendo llamados a participar en estos esquemas como "guardianes"
del capital social y natural. De esta forma, discursos tales como los de
la biotecnología y la biodiversidad asisten al capital en la conquista
semiótica del territorio: las comunidades, o sus sobrevivientes, son
finalmente reconocidos como dueños legítimos de "sus recursos" ‑o lo que
queda de ellos‑ pero sólo en la medida en que acepten ver y tratar
estos recursos (y ellos mismos) como "capital" a ser puesto en
circulación en beneficio del proceso de acumulación.”
Pero esta
entrada ecológica requiere de cambios fundamentales en el entendimiento
del sentido de la vida por parte de la especie humana, ello implica que
la economía cobre una dimensión diferente al crecimiento económico y a
la acumulación capitalista. El fetiche del consumo que la empresa
capitalista nos inyecta en los poros de nuestro imaginario sobre la
realización de la felicidad al poseer sus productos es la gran
alienación de lo humano sobre los elementos constitutivos del ser:
solidaridad, comunidad, respeto, paz, sencillez, etc.
Extraído de El buen vivir, más allá del desarrollo: la nueva perspectiva constitucional. Patricio Carpio Benalcázar
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